Joven hondureño escapó de su país por la violencia y volvió en un ataúd ocho años después

Wilmer Gerardo Núñez, huyó de Honduras hacia EE. UU. en 2010, cuando tenía 35 años

Solo en los últimos cuatro años, casi 4.000 migrantes han muerto o han desaparecido en ruta hacia Estados Unidos a través de México, según la agencia The Associated Press ha encontrado en un recuento exclusivo. Esto es 1,573 más que el número previamente calculado por las Naciones Unidas.

No obstante, la agencia señala que la cifra puede ser incluso baja por aquellas familias que no informan sobre la desaparición de sus familiares. Estos migrantes latinoamericanos se encuentran entre los aproximadamente 56,800 en todo el mundo que murieron o desaparecieron en el mismo período.

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Una de estos casos es el de Haydee Posadas, de 73 años, que ha esperado ocho años a que su hijo volviera a casa. Su hijo, Wilmer Gerardo Núñez, huyó de Honduras hacia EE. UU. en 2010, cuando tenía 35, en parte por amenazas de pandillas, tal como sucede ahora con las caravanas de migrantes que se dirigen al norte, entre ellos hombres de su mismo vecindario. La madre asegura que no ha vuelto a tener noticias de él.

Si bien los migrantes en todas partes enfrentan riesgos, la ruta de México tiene el peligro adicional del narcotráfico y la violencia de pandillas. Más de 37,000 personas han desaparecido en México por la violencia, con el mayor número en el estado fronterizo de Tamaulipas, a través del cual cruzan muchos migrantes.

El número total de desaparecidos, junto con la burocracia aplastante y el miedo a las pandillas, hace que sea difícil para las familias rastrear lo que les pasó a sus seres queridos, como descubrió Posadas. Su hijo desaparecido ya había estado en EE.UU. pero fue deportado en tres ocasiones. Llamaba a su madre todos los días y mandaba dinero a casa.

Unas dos semanas después de que su hijo se fuera de Hondura por última vez, la madre encendió la televisión, el miedo la atrapó de repente. Las autoridades habían encontrado 72 cadáveres de migrantes en un rancho en San Fernando, Tamaulipas, a través de la frontera de Texas. “Comencé a llorar como una loca. No había nombres, pero me sacudió”, cuenta.

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Resultó que miembros de pandillas en vehículos marcados con la letra Z, la marca del temido cartel de los Zeta, habían detenido dos remolques con docenas de inmigrantes en el norte de México. Fueron llevados al rancho y se les pidió unirse al cartel. Sólo uno estuvo de acuerdo. Un ecuatoriano logró escapar y alertó a la armada. Pero Nuñez no estaba en la lista de los asesinados.

La familia empezó una larga batalla burocrática desgastante para dar con el paradero del joven. Pero no obtenían respuestas. Pasaron años llevo de acá para allá, preguntan a las autoridades.

El informe oficial sobre la masacre indicaba que el cuerpo número 63 era un hombre con tatuajes, incluido “Dachell” y el número 8. Los documentos indican el hallazgo de una licencia de conducir hondureña a nombre de Wilmer Posadas, con una foto de un hombre con bigote y barba. Sin embargo, nadie hizo pública esa información, y el cuerpo número 63 fue finalmente enterrado en una fosa común.

En septiembre de 2013, el Equipo Argentino de Antropología Forense y otros grupos llegaron a un acuerdo con los fiscales mexicanos para identificar más de 200 cuerpos de tres masacres, incluida la de San Fernando. Todos los cuerpos en la fosa común fueron exhumados para nuevas autopsias.

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En marzo de 2015, la Oficina del Fiscal General de México envió una carta a la Corte Suprema de Honduras solicitando ayuda para localizar a los familiares de dos hombres, incluido Núñez.

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